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El uso cada vez más acentuado de los “minidrones espía” en operaciones militares

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Decir que los drones han venido para quedarse ya no tiene sentido a estas alturas. Ya están aquí y, para muchas de las operaciones militares, se están volviendo un elemento insustituible. Todos tenemos en mente los grandes drones de vigilancia, los que van armados con misiles y los famosos drones ‘suicidas’, tan utilizados en el reciente conflicto entre Armenia y Azerbaiyán. Pero si hay una carrera hacia drones cada vez más grandes y armados, hay otra no menos importante que tiende precisamente a todo lo contrario: hacerlos cada vez más pequeños. Son los ‘mini y nano drones’. Son muy útiles y están revolucionando el combate terrestre, reseñó Juanjo Fernández en El Confidencial.

La importancia, utilidad y empleo de todo tipo de vehículos no tripulados va en un aumento imparable. Se han convertido en un elemento indispensable para labores de patrulla, vigilancia, inteligencia y combate. Su capacidad para permanecer sobre el terreno por largos períodos de tiempo, su baja detectabilidad, reducido coste y eliminación de riesgos personales, están haciendo de los drones, sobre todo los aéreos, unos elementos insustituibles. Casi se puede afirmar que, a día de hoy, no hay misión ISR (Intelligence, Surveillance & Reconnaissance) donde no se cuente con este tipo de ingenios.

En misiones de combate, con ciertos matices, también están tomando papel protagonista. Lo hacen sobre todo en ese tipo de misiones (polémicas muchas veces) en conflictos asimétricos, donde unen sus capacidades de vigilancia con la de ataques selectivos. Pero ya se habla con toda naturalidad de drones navales, ‘buques no tripulados’ y vehículos submarinos, así como vehículos terrestres no tripulados para vigilancia, combate y tareas logísticas.

El tamaño de este tipo de drones tiene una variedad impresionante. Los hay de enormes dimensiones y coste. Pensemos, por ejemplo, en un RQ-4 Global Hawk, un enorme avión sin piloto de 40 metros de envergadura, 14 toneladas de peso y más de 200 millones de dólares coste. También en los famosos MQ-9 Reaper (o Predator B) que operan muchos países, España entre ellos (aunque de momento desarmados) y que pueden llevar misiles AGM-114 Hellfire y bombas GBU-12 guiadas por láser.

De ahí, para abajo, la variedad es inmensa pero cada vez más se está produciendo un incremento notable en el desarrollo de tipos cada vez más y más pequeños. Son desarrollos de pequeños aviones como el RQ-11 Raven y otros de menor tamaño, cuyo mejor representante es el Black Hornet Nano. Son drones para empleo táctico, ambos utilizados con enorme éxito por las Fuerzas Armadas españolas.

Los datos son incuestionables. A finales de 2020 la empresa norteamericana Vantage Robotics, una de esas innovadoras compañías de Silicon Valley especializada en UAV’s (drones), recibió un contrato del Departamento de Defensa norteamericano por más de 7 millones de dólares, que incluye fondos para investigar y desarrollar el programa SRR (Short Range Reconnaissance) o Reconocimiento Cercano y para un programa de innovación en el campo de los UAV’s.

Por otro lado, la empresa norteamericana FLIR Systems firmó a primeros de este mes un contrato con el US Army por 15,4 millones de dólares para suministrar unidades adicionales de su modelo Black Hornet, lo que supone que la cifra de ventas al ejército norteamericano de este ‘nano dron’ se sitúa ya en los 85 millones dólares. Ninguna broma para un modelo que parece de juguete.

El porqué de estos avances hay que buscarlo en el hecho de que el tamaño va ligado al nivel estratégico o táctico de la misión asignada y de las necesidades a cubrir. Los tamaños grandes y medios se utilizan para misiones estratégicas y de área local, donde se necesita cubrir grandes espacios de terreno o de superficie marítima, pero surge una necesidad real cuando se desciende al combate táctico, a nivel compañía, sección o pelotón. Y aquí entran de lleno los pequeños.

Saber qué hay al otro lado de la colina que se tiene enfrente es la pregunta que, durante siglos, se han hecho todos los jefes de pequeñas unidades en combate y que, a día de hoy, se siguen haciendo capitanes de compañía o tenientes al mando de una sección. Todos hubieran pagado mucho por saberlo y, hasta hace unos años, esa respuesta podía costar las vidas de los soldados enviados a investigar si el enemigo les estaba esperando.

Ese panorama lo han cambiado los drones. Ahora ya no es necesario enviar soldados. Para eso están los pequeños UAV como el RQ-11. Se trata de un UAV muy ligero de apenas dos kg de peso y un metro de envergadura. El Raven es fabricado por la empresa norteamericana AeroVironment, lo utiliza el US Army en enormes cantidades y otros muchos países. España dispone de cerca de 80 modelos, la mayoría con unidades del Ejército de Tierra, pero también algunas con el Ejército del Aire.

Si lo hubiéramos visto hace 20 años habríamos dicho que era un bonito avión de aeromodelismo, pero la utilidad que tiene y las capacidades que permite a las pequeñas unidades terrestres, son enormes. Tiene un alcance de unos 10 km, con un techo de vuelo de 300 m y una autonomía de alrededor de hora y media. Todo ello más que suficiente para su cometido. Dispone de cámaras frontales y laterales estabilizadas, con capacidad de zoom, así como infrarrojas para actuar en situaciones nocturnas o de baja visibilidad.

Su transporte es sencillo, precisa de infraestructura mínima y se lanza a mano por un soldado. Su propulsión es por un pequeño motor eléctrico, muy silencioso, alimentado por baterías. Dispone de modo de navegación y aterrizaje automático, siendo muy sencillo de manejar. El coste del Raven se sitúa en el entorno de los 25.000 dólares unidad, pero el sistema completo, que incluye aviones, estación de control, cámaras, etc. sale por unos 300.000 dólares. Se han entregado cerca de 20.000 ejemplares a nivel mundial, siendo el UAV más extendido.

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Manuel Malaver: A mundo multipolar, ganancia de dictadores

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La sensación urticante y confusa de que vivimos -o naufragamos- en un mundo sin rumbo es hija de la post “Guerra Fría”, de los tiempos en que demolido el “Muro de Berlín” y colapsado el Imperio Soviético, no emergió un unipoder democrático, liberal y capitalista que le imprimiera su sello a la sociedad sobreviviente de aquella confrontación a veces al borde, a veces alejada del abismo.

Por Manuel Malaver | Opinión

Todo lo contrario, los Estados Unidos de Norteamérica, que era el polo vencedor de la “Guerra Fría”, compró el pronóstico del filósofo de origen japonés, Francis Fukuyama, de que había llegado el “fin de la historia” y muy a lo keynesiano, socialdemócrata y años 50, se dedicó a organizar el mundo de la “eterna democracia” y poner en auge una nueva versión del consumo que se hoy conoce como “los dorados años Clinton”.

Muy pronto el terrorismo islámico, Al Qaeda y Osama Bin Laden habrían de despertarlos del sueño, pero solo para que la élite geopolítica recién instalada en Washington le asignara un significado regional y circunscrito a lo teológico (muy en la onda de otra profecía que hacía furor, “El Choque de Civilizaciones”, de Samuel Huntington) y llamara la atención de una muy desmejorada CIA -que ya no se pensaba necesaria para la seguridad de EEUU y el mundo occidental- para que se ocupara del asunto, tratando en lo posible de que no traspara el Medio Oriente u otras latitudes de Asia y África.

Había conflictos locales también en los Balcanes, donde los países que se desprendieron de la exYugoeslavia comenzaron a separarse con guerras de un nuevo signo, las de “limpieza étnica” y “limpieza racial” (todo lo que después se bautizó como la “Guerra Asimétrica”) y enfrentamientos en el Cáucaso, en el propio territorio de la exUnión Soviética, el más notorio de las cuales es uno que todavía suena: el de Nagorno-Karabakh.

Pero la próxima alarma de que las tesis de la post “Guerra Fría”, de Fukuyama y Huntington debían empezar rápidamente a revisarse, vino del propio patio trasero de los Estados Unidos y sucedió la madrugada del 4 de febrero de 1992, cuando un grupo de oficiales de baja graduación salió de los cuarteles a derrocar al gobierno de una de las democracias más estables, prósperas y exitosas de la región, la de la República de Venezuela, cuyo presidente, Carlos Andrés Pérez, estuvo a punto de ser asesinado.

El sistema democrático venezolano venían resintiéndose desde hacía 10 años de políticas económicas con alta inflación, caída del poder adquisitivo del bolívar y de programas sociales paternalistas e ineficientes que desataron una ola de denuncias de corrupcción que tocaban hasta a los más altos niveles del poder.

Pero Pérez trató de modernizar la economía, desestatizándola y haciéndola más eficiente y productiva y justo en la onda de la muy de moda “economía de mercado” (casi un mandato del llamado “Consenso de Washington), adoptó un paquete de reformas inspirado en las recetas de FMI, cuando casi todo el país como un bloque se le vino encima (empresarios, obreros, profesionales, estudiantes, intelectuales y campesinos) y apoyó a los golpistas que se presentaron como los auténticos “salvadores de la Patria”.

De cual fue la reacción del gobierno que, después del venezolano, debía ser el más impactado por los sucesos de Caracas, el de EEUU, solo podemos recordar la llamada que la misma madrugada del 4 de febrero realizó el presidente, George Bush, padre, al presidente Pérez, del respaldo “formal” que tanto él, como su sucesor, Bill Clinton, ofrecieron a la democracia venezolana y la condena y exigencias de un castigo severo para los militares que habían violado la Constitución y las Leyes..

Y eso que los golpistas -conjurados ahora en un grupete que se hacía llamar “Los Notables”-, siguieron la conspiración con armas y equipos civiles y no descansaron hasta forzar a Pérez a renunciar a la presidencia un año más tarde y se preparon “ahora” para avanzar en la toma “pacífica” del poder (aunque solo lo lograron a medias) en el interinato que encabezó el historiador, Ramón J. Velázquez y en el segundo período del presidente, Rafael Caldera.

Pero en lo que se refiere a estudios, analisis e investigaciones cruciales que sin duda habrían revelado el carácter sistémico de la crisis que vivía la democracia en Venezuela haciéndola proclive a ser desvastada por una resurrección del marxismo en la región, de ese tema no se conoce nada y, mucho menos, si los estrategas de Washington se enfocaron en determinar si se trataba de un grupo de golpistas nacionales, circunscritos al ámbito puramente local y no de agentes de un movimiento regional y global que se proponía restaurar la “Guerra Fría”, y darle continuidad a la confrontación mundial que para ellos había conocido una derrota eventual y circunstancial a finales de los 80 y comienzos de 90, pero no el Waterloo definitivo y total que proclamaron Washington y otras democracias del mundo occidental.

La Venezuela post 4 de febrero del 92 con un nuevo y frutrado golpe de Estado el 27 de noviembre del mismo año, la salida de Chávez y los golpistas de la cárcel por un sobresimiento de la causa por el presidente Caldera, así como la reincorporación de muchos de los oficiales y soldados acusados y condenados por su participación en el golpe a los cuarteles -sin contar la conversión de Chávez en un líder nacional y continental que ya hacia planes para tomar el poder por la vía electoral-, pudieron haber sido alarmas definitivas que movieran a EEUU, las democracias de la UE y América Latina a impedir la inmolación de la libertad y la democracia en Venezuela, pero todo continuó como en una escena de una tragedia griega: donde las víctimas van al sacrificio por mandato de los dioses y no hay poder terrenal que lo evite.

Imágenes teatrales y teologizantes que se rompieron en cristales sangrientos cuando, ya instaurados los golpistas en el poder de Venezuela con Chávez a la cabeza, el 11 de septiembre del 2001, tres aviones capitaneados por terroristas islámicos monitoreados desde Afganistán por Osama Bin Laden, chocaron contra el edificio del Pentágono en Washington y las Torres Gemelas en Nueva York, con un saldo de 3 mil personas muertas y un número aún no precisado de desaparecidos.

En otras palabras que, fin de la post “Guerra Fría”, fin de los años dorados de la “Era Clinton”, fin del fin de la historia, que le tocó evaluar y enfrentar a un nuevo presidente de los EEUU, George Bush, hijo, quien emprendió dos guerras extranjeras que ganó en apariencia: la de Afgánistan para desplazar del poder el gobierno fundamentalista de los Talibanes que protegía a Al Qaeda y a Bin Laden, y la de Irak para derrocar la dictadura tenebrosa y veinteañera de Saddan Hussein, quien se vanagloriaba de financiar a los terroristas suicidas que atacaban a la población civil israelí.

Movilizaciones y victorias y derrotas en la dirección correcta, pero que olvidaban un flanco que irruumpía y crecía en el propio patio trasero de los Estados Unidos, en América Latina y cuyo rector y promotor era una nueva organización terrorista y socialista, el Foro de Sao Paulo, creado al otro día de la “Caída del Muro de Berlín” y del colapso del Imperio Soviético, el cual se unió a Chávez como primer profeta armado de la “Nueva Era” y lo secundó en la toma del poder en Venezuela a comienzos de 1999, para que, con la rirqueza petrolera venezolana, rescatara a Cuba del naufragio y entre ambas, restauraran el populismo peronista en Argentina con la presidencia de Néstor Kirchner, aportaran los recursos para que el socialista, Lula da Silva, ganará la presidencia de Brasil y en la agenda seguían la toma del poder en Bolivia, Ecuador y Nicaragua, por los neototalitarios marxistas y comunistas, Evo Morales, Rafael Correa y Daniel Ortega.

En otras palabras que, la “Guerra Fría” había regresado, reforzada ahora con la emergencia de China como el segundo poder económico mundial, Rusia que se apartaba de la democracia para regresar al tiempo del Imperio de los Zares y la UE, formación variopinta que enfrentaba ahora una nueva guerra: la invasión por parte de inmigrantes árabes islámicos que reclamaban el derecho de ciudadanía por ser nativos de los países de Asia y África que hicieron parte de los imperios francés, inglés y belga, hacía medio siglo.

Pero entretanto, EEUU, no se mantenía quieto y el presidente guerrero y republicano, George Bush (2001-2009), fue sustituído por el pacifista y demócrata, Barack Omaba (2009-2017), quien proclamaba que EEUU debía retirarse de los campos de batalla del mundo, aceptar los sistemas y gobiernos que estaban establecidos y reconciliarse con los países con los cuales se había querellado a raíz de sus alianzas con la desaparecida Unión Soviética.

Y así surguió el mundo multipolar, aquel desde donde de todas partes surgen jefaturas y comandaturas que, si son socios de los peores dictadores que aun gobiernan en el mundo, de sátrapas que vienen de la primera “Guerra Fría” o la han heredado, gente como Kim Jong-Un en Corea del Norte, Raúl Castro y Diaz Canel en Cuba, y Maduro en Venezuela, pues nadie los toca, o si se acuerdan de ellos es para aplicarles sanciones inútiles o aconsejarles que se porten bien.

Hasta 50 millones de personas son asfixiados y aplastados por dictadores que compiten con las bestias feroces de la NKGB y la Gestapo pero…silencio, esperemos que los pueblos se rebelen por su propia cuenta y convencimiento y sean ellos quienes conquisten la libertad.

Es uno de los predicamentos del mundo multipolar y por eso: ganancia de dictadores.

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Comunidad de exiliados pide a diócesis en Florida conceder autorización para que el sacerdote venezolano José Palmar pueda realizar oficios religiosos

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En vista de la situación conocida, donde se le ha prohibido al sacerdote venezolano José Palmar realizar formalmente cualquier actividad clerical en los últimos años desde su exilio, en Estados Unidos, la diáspora venezolana de la Florida y de otros lugares del mundo, promueve una campaña para pedir a la diócesis de Orlando, en especial al obispo John Noonan, una autorización para que siga ofreciendo sus servicios sacerdotales a la comunidad latina.

Puede conocer más del sacerdote venezolano en su sitio en Internet www.padrepalmar.com.

 

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El desamparo de la manifestante Letis Aile Patterson ante la justicia en Cuba

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La cubana Letis Aile Patterson Rodríguez tenía muchas razones para salir a manifestarse el pasado 11 de julio. A sus 27 años recién cumplidos, es madre soltera de tres niñas con las que vive en un cuarto facilitado por su familia, en el solar de las Margaritas, en San Bernandino, Luyanó. Sin techo ni economía para repararlo, le pidió ayuda al Estado y, a través de Facebook, al gobernante Miguel Díaz-Canel. Usó todos los recursos que tenía a mano y fue ignorada.

Por María Matienzo Puerto | CubaNet

El 11 de julio, Letis Aile vio una posibilidad de ser escuchada aunque fuera a gritos contra un Estado que parece omnipotente porque lo controla y lo limita todo. Pero su grito de libertad en la calle se convirtió en una condena de un año de privación de libertad.

No se conoce el delito del que se le acusa porque la familia no se ha querido implicar demasiado. Que no quieran hablar de política no ha traído ningún beneficio: Letis Aile fue trasladada a la prisión del Guatao, después de permanecer varios días en el Centro de Investigaciones Policial de 100 y Aldabó.

Madelaine Rodríguez, su madre, es la única que la apoya, pero no puede hacer mucho porque vive fuera de Cuba, lamenta.

En cuanto se enteró de que estaba detenida, una de sus tías ―la que ahora está a cargo de sus hijas― se interesó por su salud, tomó a las niñas y las llevó a ver a su madre, pero las autoridades no permitieron el encuentro.

Así es que Rodríguez, en la distancia, desconfía de cualquier mensaje que le llegue por terceras personas sobre el bienestar de su hija. “Anoche vi en Google que esa prisión tiene un alto grado de contagio de la COVID y mi hija es asmática crónica. Mi corazón se rompe en pedazos”, dice vía Messenger.

Por su parte, la primera llamada que recibió el padre ―el adulto más cercano a la manifestante― la hizo una supuesta instructora penal desde 100 y Aldabó.

“Me dijeron que no me preocupara, que (Letis) saldría con una multa”, cuenta. No obstante, al día siguiente lo llamaron para decirle que su hija había sido condenada a un año de privación de libertad y que tenía tres días para apelar. Aun así, la familia no hizo ningún esfuerzo y la joven fue trasladada a la prisión de mujeres desde donde solo ha podido llamar dos veces a un amigo.

“Me llamó 13 segundos exactamente, gracias a que le habían prestado un teléfono. Le pregunté cómo estaba y me dijo: ‘Estoy bien, ya tengo que entregar el teléfono’”.

Para su amigo, fue reconfortante saber que estaba viva. “Pensé que podían haberle dado un mal golpe y al cabo de dos meses decirnos que murió de COVID, pero oírla fue un alivio”, dice y pide mantenerse en el anonimato para evitar represalias en su contra.

En la segunda llamada la sintió “llorosa”, agrega. Letis le informó que estaba en el régimen de aislamiento que le imponen a las reclusas antes de entrar a las galeras.

Aunque la lista ya excede las 700 personas desaparecidas, detenidas o juzgadas, las estadísticas no se acercan a las cifras reales de personas reprimidas tras el levantamiento popular del 11 de julio, debido al temor de las familias a denunciar los casos de represión.

Vía CubaNet

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