{"id":7464,"date":"2025-10-17T07:53:30","date_gmt":"2025-10-17T07:53:30","guid":{"rendered":"https:\/\/nuevaprensaamerica.com\/?p=7464"},"modified":"2025-10-17T07:53:30","modified_gmt":"2025-10-17T07:53:30","slug":"el-pueblo-venezolano-paga-una-culpa-que-no-es-suya","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/nuevaprensaamerica.com\/index.php\/2025\/10\/17\/el-pueblo-venezolano-paga-una-culpa-que-no-es-suya\/","title":{"rendered":"El pueblo venezolano paga una culpa que no es suya"},"content":{"rendered":"<p><span class=\"itemAuthor\">Por GONZALO GUILL\u00c9N<\/span><\/p>\n<div class=\"itemFullText\">\n<hr \/>\n<p><strong>E<\/strong>ntre la dictadura ostensible que oprime y la potencia que asesina, el pueblo venezolano ha quedado reducido a pagar una culpa que no es suya. La historia latinoamericana, marcada por la intervenci\u00f3n extranjera y el autoritarismo local, vuelve a repetirse con una crudeza que no admite matices: mientras unos concentran el poder y otros imponen sanciones o intervenciones, millones de personas comunes cargan sobre sus espaldas el peso de decisiones que nunca tomaron ni aprobaron.<\/p>\n<\/div>\n<p><!--more--><\/p>\n<p>En la historia pol\u00edtica de Am\u00e9rica Latina hay una constante que atraviesa d\u00e9cadas y fronteras: el largo brazo de Estados Unidos. Durante buena parte del siglo XX \u2014y con ramificaciones visibles en el XXI\u2014 Washington actu\u00f3 como un poder supranacional que decidi\u00f3 gobiernos, tumb\u00f3 presidentes, financi\u00f3 guerras, entren\u00f3 ej\u00e9rcitos paralelos y bendijo dictaduras, casi siempre bajo el argumento de proteger \u201cla libertad y la democracia\u201d. La paradoja es que, en nombre de esa \u201clibertad\u201d, impuso el terror, la tiran\u00eda y el saqueo.<\/p>\n<p>Estados Unidos ha impuesto dictaduras y aplastado la libertad muchas veces en Am\u00e9rica Latina, en nombre, como una burla, de la libertad y la democracia.<\/p>\n<p>Los archivos desclasificados de la CIA y el Departamento de Estado, los informes de comisiones de la verdad y las memorias de v\u00edctimas y testigos, permiten reconstruir un mapa de intervenciones que, durante mucho tiempo, era dif\u00edcil de probar con certeza jur\u00eddica, aunque evidente en sus efectos pol\u00edticos. Hubo asesinatos que se disfrazaron de accidentes, golpes de Estado presentados como \u201clevantamientos democr\u00e1ticos\u201d, sabotajes que se explicaron con una sonrisa diplom\u00e1tica y operaciones clandestinas que jam\u00e1s existieron oficialmente.<\/p>\n<p>Hoy, el presidente Donald Trump ha roto con la vieja liturgia de la negaci\u00f3n. En un gesto que muchos califican de imprudencia y otros de cinismo, confes\u00f3 abiertamente haber ordenado a la CIA intervenir en Venezuela. Ya no se trata de un rumor filtrado ni de documentos secretos d\u00e9cadas despu\u00e9s: es la palabra de un presidente de Estados Unidos asumiendo p\u00fablicamente la autor\u00eda de una operaci\u00f3n de desestabilizaci\u00f3n pol\u00edtica, con violencia, en un pa\u00eds soberano.<\/p>\n<p>Pero esa no es la \u00fanica revelaci\u00f3n. Con la misma naturalidad con que se anuncia una medida econ\u00f3mica, Trump ha reconoci\u00f3 la monstruosa ejecuci\u00f3n extrajudicial de 27 seres humanos, ocupantes de peque\u00f1as embarcaciones en el Caribe, a los que su gobierno calific\u00f3 de narcotraficantes sin pruebas ni proceso judicial alguno. No hubo jueces, no hubo evidencia. Hubo balas. Hubo muerte. Hubo silencio. Silencio cobarde.<\/p>\n<p>Y, sin embargo, el anuncio no gener\u00f3 esc\u00e1ndalos may\u00fasculos en la esfera internacional. No hubo sesiones urgentes en la ONU ni protestas masivas en las calles. No se pronunciaron los gobiernos que alguna vez alzaron la voz contra la injerencia. La costumbre de la impunidad ha domesticado a la indignaci\u00f3n.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><strong>El siglo de las sombras<\/strong><\/p>\n<p>Para entender el presente hay que mirar el siglo XX como un campo de operaciones donde Am\u00e9rica Latina fue laboratorio de la pol\u00edtica exterior estadounidense. En 1954, la CIA organiz\u00f3 y financi\u00f3 un golpe de Estado en Guatemala que derroc\u00f3 a Jacobo \u00c1rbenz, elegido democr\u00e1ticamente. \u00bfEl motivo? Su reforma agraria afectaba los intereses de la United Fruit Company. Fue el ensayo perfecto de lo que vendr\u00eda despu\u00e9s: campa\u00f1as de desinformaci\u00f3n, financiamiento de mercenarios, operaciones psicol\u00f3gicas y la construcci\u00f3n medi\u00e1tica de un \u201cenemigo interno\u201d.<\/p>\n<p>En 1961, la invasi\u00f3n de Bah\u00eda de Cochinos en Cuba fracas\u00f3, pero revel\u00f3 el grado de intervenci\u00f3n directa. En 1964, en Brasil, Estados Unidos respald\u00f3 el golpe militar que sac\u00f3 a Jo\u00e3o Goulart, al que tachaban de \u201cblando con el comunismo\u201d. En 1973, en Chile, apoyaron econ\u00f3mica y militarmente el sangriento derrocamiento de Salvador Allende y el consiguiente genocidio de gentes de izquierda, con Henry Kissinger operando en las sombras diplom\u00e1ticas. En 1980 y 1990, Centroam\u00e9rica \u2014Nicaragua, El Salvador, Honduras\u2014 fue escenario de la guerra sucia de la CIA, con la Contra, con manuales de tortura, con dictaduras sanguinarias convenientemente aliadas.<\/p>\n<p>Y la lista sigue: Panam\u00e1, Rep\u00fablica Dominicana, Hait\u00ed, Granada, Bolivia, Argentina. Los m\u00e9todos variaban, pero la l\u00f3gica era siempre la misma: un enemigo, una excusa, una intervenci\u00f3n.<\/p>\n<p>Hoy, Washington no ve con malos ojos la tiran\u00eda corrupta en El Salvador de Nayib Armando Bukele Ortez, pero le parece espantosa la de Nicol\u00e1s Maduro en Venezuela. \u00bfPor qu\u00e9? La respuesta la dio Franklin D. Roosevelt en 1939, refiri\u00e9ndose al dictador nicarag\u00fcense Anastasio Somoza Garc\u00eda: \u201c<em>He may be a son of a bitch, but he\u2019s our son of a bitch<\/em>\u201d (\u201cPuede que sea un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta\u201d). Es decir, Bukele hoy es para Trump su \u00fatil hijo de puta y Maduro no ha alcanzado ese privilegio.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><strong>La verdad, tarea tit\u00e1nica<\/strong><\/p>\n<p>Durante d\u00e9cadas, probar las operaciones de la CIA fue una tarea tit\u00e1nica. Los gobiernos intervenidos sab\u00edan, los pueblos sufr\u00edan, pero las pruebas estaban enterradas en archivos clasificados, en memorias borradas, en lenguajes diplom\u00e1ticos calculadamente ambiguos. Los periodistas que investigaban eran tachados de\u00a0<em>conspiracionistas<\/em>; las v\u00edctimas, silenciadas; los acad\u00e9micos, deso\u00eddos. La CIA no firmaba comunicados, y cuando lo hac\u00eda, los negaba despu\u00e9s.<\/p>\n<p>En muchos casos, solo d\u00e9cadas despu\u00e9s, cuando los documentos fueron desclasificados, se supo con precisi\u00f3n lo que todos sab\u00edamos con el coraz\u00f3n. \u00c1rbenz no cay\u00f3 por azar. Allende no fue derrotado solo por los b\u00e1rbaros gorilas militares. El Plan C\u00f3ndor, que aglutin\u00f3 a todas las dictaduras del Cono Sur y tuvo la colaboraci\u00f3n del presidente narcotraficante colombiano (seg\u00fan investigaciones de la misma la CIA) Julio C\u00e9sar Turbay Ayala, no fue una invenci\u00f3n de la paranoia latinoamericana: fue una alianza formal entre dictaduras latinoamericanas, gobiernos serviles y Washington para exterminar opositores.<\/p>\n<p>Pero lo que antes se hac\u00eda en las sombras, hoy se anuncia a plena luz. El lenguaje de la impunidad ya no necesita tapujos. Trump habla y se r\u00ede; el poder se quita la m\u00e1scara porque siente que ya no la necesita.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><strong>Nuevo rostro de la misma historia<\/strong><\/p>\n<p>La confesi\u00f3n sobre Venezuela encierra m\u00e1s que una bravuconada pol\u00edtica: muestra que la doctrina de intervenci\u00f3n no ha desaparecido, solo ha cambiado de escenario, de armamento y de ret\u00f3rica. Ahora es peor y se invoca el narcotr\u00e1fico como se invocaba el comunismo en los a\u00f1os 50. Se habla de \u201cdictaduras peligrosas\u201d como antes se hablaba de \u201camenazas rojas\u201d.<\/p>\n<p>El argumento es siempre moralizador: el bien contra el mal. Pero el mecanismo es el mismo: operaciones encubiertas, desestabilizaci\u00f3n y eliminaci\u00f3n selectiva de enemigos inventados.<\/p>\n<p>La orden de disparar contra lanchitas en el Caribe no es una an\u00e9cdota marginal. Es la confesi\u00f3n de un crimen de Estado transnacional. Es la prueba de que el uso de la fuerza extraterritorial se ha naturalizado en nombre de causas que no resisten ni el m\u00e1s m\u00ednimo examen judicial. Y lo m\u00e1s grave: la mayor\u00eda de esos muertos nunca fueron identificados. No hubo listas p\u00fablicas, ni procesos, ni defensa. Solo el silencio de las olas.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><strong>Filosof\u00eda del poder impune<\/strong><\/p>\n<p>Todo acto de poder imperial lleva escondido un acto de violencia fundacional. Estados Unidos construy\u00f3 buena parte de su hegemon\u00eda en Am\u00e9rica Latina sobre la idea de que puede decidir qui\u00e9n gobierna y qui\u00e9n muere, con o sin tribunales.<\/p>\n<p>La impunidad prolongada crea un nuevo tipo de lenguaje pol\u00edtico: uno en el que ya no es necesario mentir, porque no hay consecuencias. Es el poder que se r\u00ede porque nadie puede sentarlo en el banquillo de los acusados. Es la pol\u00edtica convertida en espect\u00e1culo de confesiones que no buscan arrepentimiento, sino reafirmar jerarqu\u00edas.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><strong>Las sombras de hoy son las luces de ayer<\/strong><\/p>\n<p>Lo que Trump hace hoy con Venezuela tiene ecos antiguos. Es, en esencia, la misma historia que empez\u00f3 en Guatemala en 1954 y se repiti\u00f3, con otros nombres y otros rostros, en cada rinc\u00f3n del continente. El siglo XXI no ha abolido la intervenci\u00f3n: la ha tecnificado, la ha vuelto m\u00e1s quir\u00fargica, menos visible y \u2014cuando conviene\u2014 descaradamente p\u00fablica.<\/p>\n<p>En Am\u00e9rica Latina, cada pa\u00eds tiene una herida distinta provocada por esa pol\u00edtica: desaparecidos, dictadores impuestos, presidentes leg\u00edtimos depuestos, territorios desestabilizados. A veces, esas heridas est\u00e1n tan abiertas que ya parecen paisaje.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p><strong>La pregunta inc\u00f3moda<\/strong><\/p>\n<p>Si un expresidente de cualquier otro pa\u00eds confesara haber ordenado operaciones clandestinas contra una naci\u00f3n soberana, el esc\u00e1ndalo ser\u00eda mundial. Pero cuando lo hace un presidente de Estados Unidos, el mundo asiente en silencio.<\/p>\n<p>La asimetr\u00eda moral es tambi\u00e9n una forma de dominaci\u00f3n. No se trata solo del acto violento, sino de la certeza de que no habr\u00e1 castigo. Ni tribunales internacionales, ni sanciones reales, ni memoria colectiva suficiente para sostener la indignaci\u00f3n.<\/p>\n<p>La historia de Am\u00e9rica Latina est\u00e1 marcada por golpes silenciosos, invasiones negadas y operaciones \u201cinexistentes\u201d. Lo novedoso no es que la CIA intervenga: es que ahora se anuncie y se ejecute sin rubor. Esa naturalizaci\u00f3n de la violencia imperial es, quiz\u00e1s, uno de los s\u00edntomas m\u00e1s alarmantes de nuestro tiempo.<\/p>\n<p>Si en el pasado el poder se disfrazaba de legalidad para actuar, hoy ya no necesita m\u00e1scaras. Y cuando el poder no se disfraza, la verdad queda desnuda: Am\u00e9rica Latina ha sido y sigue siendo escenario de una guerra pol\u00edtica que rara vez se libra con transparencia.<\/p>\n<p>La memoria de nuestros pueblos no puede permitirse olvidar que cada intervenci\u00f3n deja un eco en la historia, una huella en los cuerpos, una fractura en la soberan\u00eda. Como escribi\u00f3 alguna vez Eduardo Galeano, \u201cla historia de Am\u00e9rica Latina es una historia de manos extranjeras metidas en nuestros bolsillos, en nuestros gobiernos y en nuestras venas\u201d.<\/p>\n<p>Hoy, m\u00e1s que nunca, recordar no es un acto de nostalgia: es un arma de defensa.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Por GONZALO GUILL\u00c9N Entre la dictadura ostensible que oprime y la potencia que asesina, el pueblo venezolano ha quedado reducido a pagar una culpa que [&hellip;]<\/p>\n","protected":false},"author":1,"featured_media":0,"comment_status":"open","ping_status":"open","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"h5ap_radio_sources":[],"_FSMCFIC_featured_image_caption":"","_FSMCFIC_featured_image_nocaption":"","_FSMCFIC_featured_image_hide":"","_jetpack_memberships_contains_paid_content":false,"footnotes":""},"categories":[5],"tags":[],"class_list":["post-7464","post","type-post","status-publish","format-standard","hentry","category-internacionales"],"aioseo_notices":[],"jetpack_featured_media_url":"","jetpack_sharing_enabled":true,"_links":{"self":[{"href":"https:\/\/nuevaprensaamerica.com\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/7464","targetHints":{"allow":["GET"]}}],"collection":[{"href":"https:\/\/nuevaprensaamerica.com\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts"}],"about":[{"href":"https:\/\/nuevaprensaamerica.com\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/types\/post"}],"author":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/nuevaprensaamerica.com\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/users\/1"}],"replies":[{"embeddable":true,"href":"https:\/\/nuevaprensaamerica.com\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/comments?post=7464"}],"version-history":[{"count":1,"href":"https:\/\/nuevaprensaamerica.com\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/7464\/revisions"}],"predecessor-version":[{"id":7465,"href":"https:\/\/nuevaprensaamerica.com\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/posts\/7464\/revisions\/7465"}],"wp:attachment":[{"href":"https:\/\/nuevaprensaamerica.com\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/media?parent=7464"}],"wp:term":[{"taxonomy":"category","embeddable":true,"href":"https:\/\/nuevaprensaamerica.com\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/categories?post=7464"},{"taxonomy":"post_tag","embeddable":true,"href":"https:\/\/nuevaprensaamerica.com\/index.php\/wp-json\/wp\/v2\/tags?post=7464"}],"curies":[{"name":"wp","href":"https:\/\/api.w.org\/{rel}","templated":true}]}}