George Burguillos critica la destrucción de la moral ligada a la IA

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Por Ramón Navarro

La Inteligencia Artificial no ha dejado de estar en la mesa de discusión de los grandes emporios, llámese como se llama el enclave harto influyente, ¿Estado profundo? con intereses globales y particulares, desde donde se toman decisiones determinantes para definir el futuro de la humanidad, como el caso del muy denso Club Bilderberg –dicen que está perdiendo pegada– que se reunió el pasado mes de mayo, en Lisboa, Portugal, y el tema predominante de la quemante agenda fue la IA.

Sí, preocupa a todos, y no hay capa social que no tenga que ver con la IA, ya que su regencia es implacable. George Burguillos (La Guaira, 65 años) es un agente aduanal, director de la agencia de servicios Agecom, desde hace 47 años, y presidente de la Junta Directiva de El Venezolano. Hace rato que se montó la toga digital, y no para aparentar, sino para percatarse de que la tecnología digital, como todo embrión que sacude cimientos, trae lo bueno, lo malo y lo feo.

“Ya no podemos decir que la IA es el futuro. No. Es el presente, que es donde se construye todo. Lo más curioso es que no podemos estar al día porque todo es muy rápido. Están pasando muchas cosas. No me vengan a decir ahora que el mundo está como está por el Chat GPT, o el Auto GPT, o por todo lo que nace de la IA”.

Burguillos está residenciado en Guaynabo, uno de los 78 municipios de Borinquen. No está en estado de reposo, viendo el mar o experimentando el sosiego de unas largas vacaciones. Mide los pros y los contras del fenómeno tecno-digital del momento. Tiene tiempo para meditar sobre las imperfecciones contemporáneas, del aquí y ahora. Cuando sale a la calle nota un mundo acelerado, estresado, desamparado, no obstante, se vuelve realista y apostilla: “El mundo va rápido, pero allí cabemos todos”.

No hay exactitudes cuando el hombre, bajo el amparo de sus subjetividades, mueve el destino a su antojo. Por eso, Burguillos remarca, ya en medio de la cotidianidad, que anda atrasado en comparación con la fuerza centrípeta que domina la IA. ¿A qué le teme? “Que no estamos al día en materia tecnológica. Y es que después de 60 años te dedicas a otras cosas, a cuidar a los nietos, a ir al médico dos veces por semana, leer noticias, hacer terapias. Ya nadie pone un disco, todo es un Alexa, un Spotify, una aplicación. Cómo es posible que literalmente no puedas vivir sin un celular. Durante el Covid, si no bajabas una aplicación y no tenías el código de barra te metías en un problema”.

Un proceso tóxico

En su paneo a los espacios donde la tecnología digital impone su criterio están los aeropuertos. Ya el famoso boarding pass o tarjeta de embarque ha sido sustituida por los celulares. “Es un temor porque si no tienes teléfono, y se te fue la batería, o se te perdió en el aeropuerto, quedas desnudos”, y es donde el ciudadano se convierte en una incertidumbre, en un despojo, sin identidad, maleable, dependiendo de los humores de un buen o mal samaritano.

“Todo es a través de una aplicación, y no todas son amigables, y si no estás al día con esa aplicación, por ejemplo, no puedes hacer un appointment (cita) médica, porque, o la desconoces o no tienes el aparato. No tenemos la capacidad de ir tan rápido. Debes depender de tu hijo o de tu nieto, a pedirle a ellos favores, que no era esos favores que nos pedían a nosotros nuestros abuelos”.

Las circunstancias adversas que relata Burguillos son el pan nuestro de cada día de no pocas sociedades que han dejando en manos de la IA el oficio de educar, en manos de los medios de comunicación, la esplendorosa tarea de formularse dudas sobre la vida, y en manos de la política, el ejercicio de cómo construimos porvenir. Burguillos insiste en que no es el temor de quedarnos sin trabajo, sino desnudos ante el embate de los algoritmos que nutren a la IA.

“En Puerto Rico, vas a comprar huevos a una finca, por ejemplo, aquí en Guaynabo, y tienes que adoptar una gallina, con una aplicación, y la adquieres a través de una tarjeta de crédito. Cuando salen los huevos, te mandan un mensaje, y con ese mensaje elaboras la orden con otra aplicación, y te ponen el pick up y con eso vas y recoges los huevos. Es una granja de campesinos. Es decir, si no está sal día con la tecnología no puedes ir a esa granja a comprar huevos”.

La meta es el estatus

Esa imbricación digital, que supone un desafío a nuestro esquema cognitivo de las cosas, es lo que Burguillos denomina proceso tóxico, porque va contra el sentido común de ir a un automercado a comprar lo que se necesita. El ser social en declive. Lo malo también implica un permanente fogueo contra la razón, incluso, acostumbrar a la ansiedad como una forma de vida. En lo malo mora lo bueno.

“¿Las ventajas? Tendrás una vida más confortable. Con la IA procesa tus datos, y estos procesan a su vez una información y todo va ligado al blockchain (base de datos que recoge y almacena información). Luego podrás precisar quién es quién. Tienes información de esa persona. Por otro lado, el blockchain te da información sobre el tipo de sangre que tú eres, de qué padeces, cuánto ganas, cuántos hijos tienes”.

El provecho de la IA es evidente, y más que una cuarta revolución industrial, o una nueva faceta de convivencia entre los seres humanos, la IA ha provocado una revolución cultural en todos los estratos habidos, y los nuevos por crearse a partir de esta invención que esta transformado el futuro, con una notable carga de duda y fascinación. “Habrá control absoluto y efectivo, pero si no estás al día, te quedas atrás”, advierte Burguillos, y lanza una aseveración diga de debate: “La destrucción de la moral en el mundo está ligada a la IA”.

Y es que la prueba del avance no lo modela el objeto, sino el sujeto. “La respuesta es el balance. Hay que tener balance en todo. Cuando nacemos nos forman con un norte, que no siempre es el que uno desea. Hay muchas personas que quieren ser como Elon Musk, quieren imitar a los líderes del mundo, a esas personas que crean tendencia al colocar un mensaje en tuiter. Lamentablemente, la gente no piensa en la ética, sino en el estatus. La meta es el estatus”.

Para Burguillos la regulación está por encima de la ética, y esa reglamentación la define el estado. Pero ¿Puede haber una ética que module las fauces de la IA a escala mundial? Ordenadores y robots del mundo, uníos. Pronto, muy pronto, la IA reclamará sus derechos lo cual redundará, no en un balance, sino en una pendiente resbaladiza de incalculables e inmerecidos resultados.

“Para llegar a donde quieres llegar no existe la ética”, destaca Burguillos, abreviando las fantasías de los cerebros con doble moral. “Para llegar tienes que llevarte por delante a más de uno, y eso no es ético”.

 

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